Me siento en la obligación de contaros una pequeña historia. Es la
historia dramática de una muchacha de apenas quince años,
llamada Granada en honor de la Virgen de Llerena, pueblecito
extremeño lindante con la provincia de Sevilla que tal vez muchos
de vosotros conozcáis. Prácticamente vi nacer a esa chiquilla, hija
de unos viejos y entrañables amigos, a la que una deficiencia
cardiaca provocó una irremediable y definitiva embolia. Sus padres
apenas tuvieron tiempo de tomar su mano y ver sus ojos cerrados,
y su cuerpo inerte y su labio breve y adolescente desdibujado por
la gravedad. Fueron interminables días de agonía. Días de
despedida. Días de desolación. ¿Qué puede ser peor que ver morir
a un hijo en la primavera incipiente de la adolescencia?. El catorce
de diciembre era la noche del traslado de la Macarena desde su
camarín al altar. El Hermano Mayor me había confiado el
emocionante privilegio de tomar a Nuestra Señora por la cintura
durante ese fugaz paseo por los cielos. Los padres de Granada, al
borde ésta de su último suspiro de vida, supieron de boca de los
médicos lo irreversible de la situación: los jazmines de sus ojos no
se habrían de volver a abrir. Solo quedaba la Fe, la que consuela
territorios anegados por el llanto, la que brinda al hombre la
esperanza de cada amanecida. Aquella noche, con el rostro de
Nuestra Señora a unos pocos centímetros de distancia, rogué con
todas mis fuerzas que las manos de Granada fueran las mías, que
sus labios fueran los míos, hechos oración y súplica. Rogué a la
Macarena consuelo para esas almas, regazo para esa niña, plaza de
amor en el paraíso, milagro en la Tierra, vida en la vida. Se lo dije
en el verso asonante de una oración, en el ruego descarnado de mi
corazón apesadumbrado. Mis manos estaban en el talle de la Madre
de Dios y mi mejilla rozaba la suya, en un sueño imposible de
hombre enamorado. Al día siguiente, una llamada telefónica
comunicó lo que todos veníamos esperando. Un hilo de voz
emocionado y lloroso me confirmó que a esas mismas horas de la
noche de ayer, Granada, la dulce muchacha que apenas había
estrenado el camisón caliente de la vida, la novia impensable de
esa muerte inesperada, la breve Granada de una vida apenas
asomada al balcón de las cosas.... ante el asombro de sus médicos
y cuidadores, había experimentado una inexplicable mejoría, había
abierto sus ojos, tomado la mano de los suyos y pronunciado el
nombre de su madre con un hilo de voz tras el que se adivinaba la
vida. Estaba viva. Nadie podía explicárselo... excepto yo.
No digáis que me lo calle
Porque merece la pena
Yo tuve a la Macarena
Sostenida por el talle
Si me faltaba un detalle
Para sentiros hermanos
Miradme aquí, en estas manos
Donde el amor dejó huella.
Después de tocarla a ella
¿soy de aquí o no, sevillanos?
Debió de ser poco después de las nueve. Inevitablemente, tuvieron
que encontrarse en ese limbo blanco de la inconsciencia.
No pueden oírme,
ni saber que tengo los ojos abiertos
Ni sentirme
En el calor de un cuerpo cubierto
Ni en el temblor de la mano de los dos
Y tu quien eres
Yo me llamo Macarena
y soy la Madre de Dios
Macarena?
Por qué sabes quien soy yo?
He subido yo hasta el cielo o...
has venido tú como último consuelo
No. Alguien me lo pidió
Y en su voz a contrapelo,
vibraba un dolor humano
que llegaba hasta las manos
Conque asía mi cintura
La habitación es oscura.
¿Pueden verte los demás?
Te están viendo así,
sin tu manto,
sin corona,
y con ese fulgor blanco
que no había visto jamás?
Solo ve quien ha de ver.
La muerte que desazona,
brinda
a cada persona
instantes para que piense
y prescinda
de cualquiera menester.
Siéntate aquí, a mi vera, y dime
¿voy a morirme, Señora?
Eres pronta primavera,
y tal vez no sea aun la hora
de recibirte en el cielo
como un alma voladora
escapada de su nido
a destiempo y a deshora.
Qué es la muerte, Macarena?
La muerte?
La muerte es una cadena
que se ata o que se parte
según lo sienta la Fe
que se esconde y se reparte
en el fondo de ese alma
que Dios de un vistazo ve
Y mi gente, Macarena?
Volverán a hablar contigo,
volverán a ver tus ojos,
volverán a ser testigos
de tus pulsos, tus antojos
y tus años que bendigo.
Pues por hoy el Paraíso
puede cruzarse de brazos.
Vi partir de mi regazo,
a un hijo de treinta y tres años
y lo sé todo de la ausencia y de la pena
y de todos los aledaños
de tan terrible condena.
Quédate en paz, jovencita.
Y ven a verme, a que te vea.
Cuando estés en mi presencia,
verás que me centellean
los ojos y que mis labios
te hablan con la querencia
de quien desde hoy abriga
la esperanza de encontrarse
con los ojos de una hija
que por edad es mi amiga.
Vuélvete atrás, muchachita,
quédate en casa y recuerda
que quien llegó de San Gil te dijo
que aunque el cielo te pierda,
gana la vida, vive un hijo
y la nueva alborada
que ahora en tus ojos se estrena.
Y Vete con Dios, Granada
Si es contigo, Macarena.

Antes puse, la primera parte del pregón de Carlos Herrera y ahora pongo esta historia que cuenta en su pregón. No es el oro, sino la fe la que me acerca a ti, MACARENA. Y, es por eso que La Macarena me ayudará a seguir...